Hace unos años, algunas personas empezaron a decirme que “no debía guardarme tanto las cosas”. Yo como que me tardé algo de tiempo en entender a qué se referían. Si acaso, siempre había sido acusada de hablar de más. Pero, conforme más lo pienso, más me doy cuenta de que sí, en algún punto de mi vida di un giro de 180° en el asunto de decir mi opinión.
Creo que fue durante secundaria, cuando pasé de “la más mandona” a “la más mamona” en el chismografo oficial. Cuando me di cuenta de que decir lo que pensaba/quería/solicitaba/sugería era causa de problemas (literalmente, hubo quien me dejó de hablar por corregirles la ortografía). El asunto es que nunca aprendí el punto medio. Después de decir cada cosa que pasaba por mi cabeza, pasé a no decir nada.
O tal vez no es en la cabeza donde he guardado todo. Creo que soy bastante capaz de decir lo que pienso, siempre y cuando no tenga una conexión emocional con ello. Llevo como dos mil años estudiando para ser crítica literaria, después de todo. Pero cuando se trata de la vida, de mi vida, nada más no puedo. En este momento me sudan las manos nada más tecleando al respecto.
He pasado por muchas etapas en las cuales he intentado abrirme más. He ido con especialistas, he tratado de juntarme con gente “más normal”. Pero ayer, mientras veía la película de The Wall (que algún ignorante programó para “festejar” a David Gilmour en su cumpleaños) y el CCG me explicaba la simbología (porque yo, habiendo estudiado comunicaciones y letras era incapaz de entenderla por mí misma) entendí que antes de romper la pared hay que construirla. O, como hace Katy la Oruga, tejer una crisálida.
Así que a partir de hoy dejo de intentar. Ya no me voy a sentir culpable por tener algunas palabras en la punta de la lengua y ser incapaz de pronunciarlas. Ya no voy a planear conversaciones mentales con algunas personas que sé que nunca van a pasar en la vida real. Propongo que mi discurso sea completamente fático o académico. Pero de mí, nada.