All the bricks in the wall

Hace unos años, algunas personas empezaron a decirme que “no debía guardarme tanto las cosas”. Yo como que me tardé algo de tiempo en entender a qué se referían. Si acaso, siempre había sido acusada de hablar de más. Pero, conforme más lo pienso, más me doy cuenta de que sí, en algún punto de mi vida di un giro de 180°  en el asunto de decir mi opinión.

Creo que fue durante secundaria, cuando pasé de “la más mandona” a “la más mamona” en el chismografo oficial. Cuando me di cuenta de que decir lo que pensaba/quería/solicitaba/sugería era causa de problemas (literalmente, hubo quien me dejó de hablar por corregirles la ortografía). El asunto es que nunca aprendí el punto medio. Después de decir cada cosa que pasaba por mi cabeza, pasé a no decir nada.

O tal vez no es en la cabeza donde he guardado todo. Creo que soy bastante capaz de decir lo que pienso, siempre y cuando no tenga una conexión emocional con ello. Llevo como dos mil años estudiando para ser crítica literaria, después de todo. Pero cuando se trata de la vida, de mi vida, nada más no puedo. En este momento me sudan las manos nada más tecleando al respecto.

He pasado por muchas etapas en las cuales he intentado abrirme más. He ido con especialistas, he tratado de juntarme con gente “más normal”. Pero ayer, mientras veía la película de The Wall (que algún ignorante programó para “festejar” a David Gilmour en su cumpleaños) y el CCG me explicaba la simbología (porque yo, habiendo estudiado comunicaciones y letras era incapaz de entenderla por mí misma) entendí que antes de romper la pared hay que construirla. O, como hace Katy la Oruga, tejer una crisálida.

Así que a partir de hoy dejo de intentar. Ya no me voy a sentir culpable por tener algunas palabras en la punta de la lengua y ser incapaz de pronunciarlas. Ya no voy a planear conversaciones mentales con algunas personas que sé que nunca van a pasar en la vida real. Propongo que mi discurso sea completamente fático o académico. Pero de mí, nada.

Posted in Limits | Leave a comment

Los mixtapes inspirados por Rob Sheffield

La razón principal por la que de repente empecé a leer más literatura contemporánea que clásicos, creo, es que así puedo hacerme fan también de los autores y no nada más de los personajes. Digo, Jane (Austen) y (William) Shakespeare son maravillosos y todo, pero están muertos. Rob Sheffield, por otro lado, está vivo y tiene cuenta de Twitter.

Acabé de leer su segundo libro, Talking to Girls about Duran Duran, hace como un mes. No me gustó tanto como el primero, Love is a Mixtape, pero sí me removió el subconsciente un poco, lo suficiente para soñar con él y esas cosas que pasan cuando te enamoras de un personaje/ídolo-de-la-vida-real.

Hay algo totalmente morboso en leer “la mente” de un hombre relativamente joven, de esta generación, contemporáneo. Me pasó cuando leí a Nick Hornby (inspiración para este blog) y me pasó de nuevo con Sheffield. Hay algo incluso sensual en leer a un hombre relativamente joven, de esta generación, contemporáneo, que no tiene aspiraciones poéticas ni intelectuales ni filosóficas ni musicales (aunque escribe para Rolling Stone y tiene un posgrado en Inglés).

Su devoción por la música precede su lado crítico, así que no tiene empacho en encapsular sus recuerdos junto a canciones de Morrissey, de Human League, o hasta de Mecano. Todas le acompañaron en algún momento y todas le dicen algo sobre sí mismo, independientemente de su calidad líricomusical. Eso lo encuentro irresistible.

Si lo stalkean un poco en Google, como yo, verán que no es exactamente guapo. Pero en eso radica, creo, mi capacidad de empatizar con él.

Las cosas cambiarían si lo conociera, de seguro, pero en este momento estoy en una etapa similar a cuando tenía 4 ó 5 años y soñaba con estar frente a los chicos de Parchís. Mi estado de enamoramiento no es igual a la admiración que siento por, no sé, Elizabeth Wurtzel – otra autora contemporánea de non-fiction. Si lo viera en vivo, seguro gigglearía hasta el infinito y sería incapaz de articular palabra. Luego me golpearía contra la pared por no contarle alguna de mis anécdotas escuchando la misma música que él, Oh My God!

Pero más que revivir a mi fangirl interna (ya me estaba sintiendo demasiado cínica, sin ella), le agradezco a Rob – lo tuteo, en mi mente – que me recomendara un montón de música y que me diera historias que relacionar con ella. Lo único mejor que una buena canción es una buena canción con una anécdota interesante unida a ella.

Algún día le escribiré un mail, totalmente annoying, contándole cómo conseguí novio en un concierto de Duran Duran.

Posted in Holograms | Leave a comment

Los libros sin leer

Durante las vacaciones de Navidad, en el que fue mi cuarto cuando “estar en mi cuarto” era mi actividad número 1 como nunca antes en la vida, encontré mi primera Lista de libros que quiero leer. La Lista fue hecha un par de años después, en un cuarto que alguna vez había sido una celda en el Colegio Mayor en el que nos hospedábamos en España el verano en que llevé mi primer curso de literatura. Ese curso debió haber sido el último en la línea en la prepa, pero lo tomé primero porque a) estaba en semestres irregulares y b) quería tomarlo en verano como excusa para poder ir a España. Así que, con Mecano y Alaska como mi único background sobre la Guerra Civil Española, me puse a leer “La colmena” unas semanas antes de tomar el avión.

Más que la calificación, o los amigos que nunca volví a ver, o los diplomas que mi mamá todavía tiene colgados en su pared, el mejor resultado de ese curso fue la Lista. Empecé a tachar títulos en cuanto regresé a Monterrey y tuve acceso a la biblioteca: Cumbres borrascosas y Grandes esperanzas y Los tres mosqueteros y hasta la Divina comedia (aunque confieso que me rendí a  la mitad del Paraíso, que no era ni la mitad de emocionante que el Infierno). Cuando llegó la graduación tuve que regresar El conde de Montecristo sin acabar. Fue el primer libro de la Lista que me compré.

Dos años después descubrí que estudiar Comunicaciones no me dejaba suficiente tiempo libre para tachar títulos con la rapidez que yo quería, así que decidí cambiarme a Letras. Culpo a la Lista totalmente por esa decisión. Pero pasó algo extraño. Una vez que los libros de mi lista aparecieron en el programa de estudios, empecé a escuchar de “otros libros” que todavía no aparecían en ninguna lista oficial, pero que la gente parecía disfrutar. Así me presentaron Generación X y así me interné en la biblioteca a escoger libros por su portada. Así descubrí Por favor, rebobinar y Posmodernismo para principiantes. Desde entonces he tenido dos Listas: la original (que, como todos sabemos, en vez de acabarse, crece) y la que nunca he puesto en papel, la de los libros que leo por diversión cuando me aburro de leer los que tengo que leer.

Con El conde de Montecristo empezó una avalancha que no he podido detener. Tengo muchos más libros que ropa. Pero comencé comprándolos justo antes de leerlos (algunos, leyéndolos antes de comprarlos) y luego las cosas cambiaron. Ahora tengo al menos un estante llenos de libros que no sé si algún día voy a leer. El cratilo tiene un separador en la página en que lo dejé al salir de una clase de Lingüística hace casi 10 años.

Y mientras Henry James y Henry Fielding y Kandinsky y Vargas Llosa y Paco Ignacio Taibo II siguen juntando polvo en el estante, en una pila en el suelo se van juntando cosas como Slam o I Wanna Be Your Joey Ramone o Love is a Mixtape. Y me la paso tan bien leyéndolos como cuando descubrí que Los tres mosqueteros no tenían una sino dos secuelas (y las leí todas), pero cada vez me cuesta más trabajo justificarme ante mí misma (porque, ¿ante quién más?) haberme cambiado de carrera sólo por esa Lista.

Posted in Parts | 1 Comment

Estrella de la nación. Presidente de rock and roll.

A los 13 años me hice una imagen de cómo me iba a ver cuando fuera grande. Mi base de datos estaba llena de gente como Kelly Kapowski o las chavas de 90210, así que no debe sorprender a nadie saber que creí que iba a llegar dentro de algunos veranos a la casa de mis amigos en un vestidito floreado, con lentes de sol y una sonrisa gigante. La versión grunge de esa misma época nunca me pasó siquiera por la mente.

Hay muchas cosas que pensé que iba a ser/hacer que nunca terminé siendo/haciendo. Y me ha costado un montón de trabajo y conflicto decidir que siempre no quería ser feliz todo el tiempo, que no me interesa estar rodeada de 25 de mis mejores amigos diariamente, que preocuparme por qué ponerme cada día me da mucha flojera.

A veces pienso que debería fingir un poco ser como quisiera ser, para ver “si me queda”, si me convence, si me obligo a mí misma a seguir intentando. Y lo hago. Pero finalmente termino encerrada en mi cuarto en pijama, escuchando la misma música que he oído toda la vida mientras hago la tarea. Como cuando tenía 13 años y creía que iba a crecer para ser diferente.

Posted in Holograms | Leave a comment

La cafeína en mis venas

Anoche me tomé un café de Starbucks. No debería ser sorpresa; si acaso por la hora. Pero tuvo consecuencias terroríficas que describiré a continuación.

La primera consecuencia fue que me puse a mandar solicitudes de empleo de manera enajenada (oh, Marx). En dos o tres horas envié más de lo que había hecho en los últimos dos o tres meses. Y, cuando terminé, mi cerebro no podía parar y seguía pensando en posibles universidades y statements of research y formas de que el mundo académico deje de lado mis escasas publicaciones.

La segunda consecuencia fue que tuve que ir al baño 5 ó 6 veces más de lo normal. Mi consumo común de cafeína ya me tiene como cliente frecuente de todos los baños privados y públicos que conozco, pero esto fue una cosa de atacarse de la risa. Mientras leía la misma página de “Generation A” (con la intención de dejar de pensar en universidades) tuve que usar el separador al menos dos veces con este propósito.

La última consecuencia fue la verdaderamente horrible. Soñé que volvía a dar clases en prepa. Y sí, dar clases la última vez fue a tal nivel traumatizante que es un sueño recurrente. Pero esta vez fue todavía peor, porque tenía que explicarle a mis estudianes “la función copulativa de la coma” mientras Carlos Slim repartía teléfonos celulares al grupo e insistía en que la coma era absolutamente innecesaria para textear. Al final, dos de ellos se salían (probablemente a copular) antes de que acabara la clase.

Le prometo a los dioses de la cafeína que de ahora en adelante, no más Starbucks después de las 8 de la noche. Y si sí, tendrá que incluir una cheve postrera para contrarrestar sus efectos.

Posted in Parts | Leave a comment

Olvídalo.

Esta canción me hace pensar en Poza Rica, en tener 12 años, en canchas de basketball, en bermudas de mezclilla y calcetines de colores, en nieve de yogurt de fresa con chispas de chocolate y nuez, en un vocho rosa, en regresar cassettes con un lápiz, en bajar los vidrios girando una perilla, en paletas de grosella, en lipsticks color rosa mexicano, en tenis negros de bota, en bailar enfrente de la tele o del espejo con la puerta cerrada, en ir a la playa con una grabadora gigante que usa pilas DD, en aprender a tocar el piano y a bordar y en clases de inglés y de computación por correo. En pocas palabras: en mi tía Claudia.

Posted in Portkeys | Leave a comment

Lov Todorov

Tenía más o menos un mes viviendo sola cuando la compré. No vivía exactamente “sola”, vivía con una compañera de departamento, pero era la primera vez que ninguno de mis papás vivía en la misma ciudad que yo. No me sentía sola, tampoco, como había pensado que sucedería. Mi primer semestre de “libertad” fue probablemente el más satisfactorio.

Fue una compra impulsiva. No sé por qué estaba yo en la tienda de mascotas (con varias amigas, además) y decidí llevármela. Creo que la pecera estaba en descuento. En los 7 años que vivió conmigo, tuvo muchas peceras diferentes. Muchos compañeros de pecera también. Algunos nada más por unas semanas, pero uno fue incondicional. Se fueron juntos.

La llamamos Todorov casi inmediatamente. Era esa época de mi vida en que nombrar a tortugas como teóricos literarios me era natural. Mi única petición hacia ella es que fuera macho (bueno, y que no se muriera), pero no la cumplió. Hace dos o tres años descubrimos que ponía huevos. Nunca tuvo dónde enterrarlos, así que no ha sido madre.

Pero espero que ahora lo sea. Espero que en la súper nueva pecera que le conseguimos (es un lago, pero shh, ella no sabe) pueda aparearse con Chomsky cuantas veces quiera y que encuentre el monto de tierra necesaria para enterrar sus huevos. Espero ir a visitarla en algunos meses, años, y que venga a saludarme con un pequeño grupito de tortugas que me pidan algo de comer. Tal vez entre ellas haya un pequeño Zizek.

Posted in Holograms | Leave a comment